CANÓNICO Y CONTEMPORÁNEO. SIETE PINTORES:
Espacio Mercantil, Caracas 2012

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texto del curador

crónica de Lorena González en EL NACIONAL

 

 

manuel sardá J GILI

Vista de la instalación. Foto Manuel Sardá

 

Texto del Curador Emilio J. Narciso en el catálogo de la muestra.

EL SERVICIO IMPERSONAL DE LA PINTURA.

El pasado es interesante no solo por la belleza que han sabido extraerle los artistas para quienes era el presente, sino también como pasado, por su valor histórico. Lo mismo pasa con el presente. El placer que obtenemos de la representación del presente se debe no solamente a la belleza de la que pueda estar revestido, sino también a su cualidad esencial de presente.

Charles Baudelaire

Resulta un ejercicio prudente repasar de manera ininterrumpida los fenómenos culturales de nuestro entorno, más aun cuando estos han sido instrumentos de entendimiento permanente en la evolución del mundo como lo conocemos hoy. Es aun más sensato revisarlos en épocas como esta, donde conviven amplias posibilidades de lectura de una misma manifestación, debido a la hiperactividad de las fuentes generadoras —y los cuerpos aglutinadores— de la información provista por nuestras acciones en el tiempo. De este universo, las artes plásticas han apostado a nuestras capacidades sensoriales, mnemónicas e intelectuales para permanecer ancladas en la expresión humana, y así convertirse en dispensadoras de sentido para entendernos como actores conscientes de la vida.

En este orden de ideas, la pintura —activista prodigiosa de las artes plásticas— ha sido un centro de conocimiento en la construcción del presente. Podemos entenderla como una entidad constituida por aspectos formales, materiales y técnicos en estrecha relación con la cultura. Se manifiesta principalmente como un hecho visual, valiéndose del nivel de vibración de determinadas sustancias ante la luz para generar formas diferenciadas. Esta cualidad física de la naturaleza ha sido aprehendida, desarrollada y perfeccionada por la humanidad desde épocas incalculables, ajustándose a las necesidades de nuestro desarrollo en el tiempo y en el espacio. Ha logrado canalizar parte de los significados intelectuales y emocionales, demandados por los grupos sociales en su permanente construcción del mundo, utilizando los colores y texturas percibidos por el ojo como emisores simbólicos con el poder para entrar en la dimensión del lenguaje, y así afirmar y prolongar el contexto del que surge. Como parte de esta actividad, la pintura recurre a la diversificación. Para ello se individualiza a través de los pintores, quienes son considerados instrumentos sociales con la sensibilidad para absorber las ideas de su entorno y comunicarlas al resto de las personas mediante la silenciosa expresión de la imagen pintada. Es así como sus facultades y capacidades a lo largo de la historia, configuran las nociones de belleza, perfección, espacio, tiempo y realidad, emanadas rítmicamente como cánones de esta disciplina.

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jaime gili mercantil

Vista de la instalación. Foto Manuel Sardá

 

Bajo esta óptica, podemos entender la pintura como un registro dinámico y sensible a múltiples posibilidades de clasificación. Cada alternativa taxonómica puede ofrecer conexiones inéditas para el uso de la memoria en pos de encontrar relaciones u oposiciones de significados de un evento determinado. La pintura como disciplina y objeto de estudio se ha venido construyendo en mayor o menor grado bajo esta dinámica: continuidad y reacción, imposición y subordinación, creación y reinterpretación, trasgresión y apropiación, en consonancia con el comportamiento social circundante. Esta perspicacia le ha otorgado un importante protagonismo en el constructo inagotable de conocimientos denominado arte, exigiendo de ella ─en algunos episodios─ las pautas para su renovación. La pintura para los que la crean, piensan, interpretan y consumen, debe concebirse no como un instrumento de ruptura e innovación, mucho menos como una práctica agotada debido a su longevidad, sino como un flujo pulsante y permanente para intuir y corroborar sus distanciamientos y retornos en la historia, más allá de los hábitos para calificarla y predecirla.

MOTOR DEL ESPÍRITU EVANGELIZADOR.

Entre sus múltiples ocupaciones, la práctica de la pintura asumió la célebre responsabilidad de propagar la universalidad de uno de los movimientos político-religiosos más importantes de Occidente, el Cristianismo. En el concilio de Nicea II (787 d.C.), la imagen pintada se designó como un agente pedagógico y devocional de la enseñanza cristiana, siendo en aquel entonces el lenguaje visual, el más accesible a la comprensión de las personas. Esta cualidad de la pintura se consolida institucionalmente en 1563 durante la sesión XXV del Concilio de Trento, cuando se establecieron los cánones morales del arte cristiano de la Contrarreforma. Éstos, acatados e impuestos por el imperio español en 1564, viajaron desde la Península Ibérica profesando el uso legítimo de las imágenes según la costumbre de la Iglesia Católica y Apostólica, como la condición general de toda la iconografía traída y producida en el Nuevo Mundo durante nuestro período colonial.

La esencia mágico-religiosa de los aborígenes de Tierra Firme se vio obligada a convertirse en la creadora de nuevas imágenes de devoción, tuteladas por los patrones religiosos europeos. En aquel entonces, la pintura no solo sufrió una transformación conceptual en la mente y sensibilidad de los oficiantes americanos, también demandó un cambio en el entendimiento del color, la forma y el espacio, y de la naturaleza de los pigmentos y soportes utilizados hasta entonces. Es en el siglo XVIII, luego de un proceso de transformación social de doscientos años, cuando la práctica de esta disciplina alcanza el nivel teórico y de ejecución más cercano —en la medida de sus posibilidades— a los adelantos de la representación europea. Los actores más destacados de estos avances en nuestra pintura fueron el Pintor del Tocuyo, José Lorenzo Zurita, Francisco José de Lerma y Villegas, Juan Pedro López y José Lorenzo de Alvarado, entre otros pintores de aquella modesta Provincia de Venezuela. Para ellos, la influencia de los modelos europeos se erigió como el deber ser de la pintura. Esta condición la hemos heredado desde la época de la colonia y se ha extendido indefinidamente en la concepción oficial del arte, ofreciendo sincretismos vernáculos de gran importancia en el desarrollo local, con aportes de alcance universal.

Muchos han sido los agentes forjadores de la pintura venezolana desde el comienzo de la construcción occidental de nuestra historia hasta hoy. La inserción del pensamiento europeo en
el siglo XVI modificó las condiciones culturales, políticas y económicas entre América y el viejo continente, iniciándose así una cadena de acontecimientos interdependientes en aumento. Siendo inexorables los encuentros y disidencias en una relación de más de cinco siglos, lo propio y lo foráneo se han amalgamado en la configuración de nuestra identidad, y la pintura se ha adaptado a las pautas de esa convivencia. En el período colonial se abre una conciencia cosmopolita del arte en Venezuela, evidentemente ligada a los elementos circunstanciales de su contexto. La transición entre la pintura colonial y el arte contemporáneo o actual, representa el grueso de las variantes que han modelado la memoria de nuestras contribuciones en la
construcción de una cultura global. La creación contemporánea involucra la libre utilización de esta memoria para estructurar discursos capaces de diversificar y complejizar relaciones insospechadas y hacerlas coexistir.

 

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Vista de la instalación. Foto Jorge Pizzani

 


UNA LIBERTAD CASI PERFECTA.

…, y está apareciendo una forma de arte que utiliza los museos como depósitos de materiales para un collage de objetos ordenados con el propósito de sugerir o defender una tesis…

Arthur C. Danto

Hoy día existe un estado de conciencia generalizado donde la pintura se distancia de un protagonismo de siglos. Gracias a este distanciamiento, tanto los medios originarios de las artes como sus afiliados, han sido convocados por el furor característico de la creación actual. El arte contemporáneo, al haberse deslastrado de las disciplinas mesiánicas, le brinda a la obra la oportunidad de aparecer mediante incontables posibilidades. También la visión ha dejado de ser el sentido privilegiado para canalizar las relaciones emanadas del hecho artístico, siendo la polisensorialidad quien ahora se enfrenta a las indefiniciones propuestas por los creadores de nuestro tiempo, asentándose así un cambio de paradigma material, sensorial y programático en el campo del arte. En este contexto, la negación del concepto tradicional de obra de arte, el énfasis en los procesos de su creación, la participación activa del espectador en la obra y la prevalencia del concepto sobre su materialidad, entre otros cánones, han logrado apaciguar el imperioso ejercicio de la pintura, lo cual no implica su desaparición.

Hemos considerado el ejercicio de la pintura como un flujo pulsante y permanente en el tiempo, con la suficiente madurez para reflexionar sobre sí misma y erigirse desde sus principios, procedimientos e historia, dejando en manos de los pintores de hoy la libertad para configurar nuevos discursos. Actualmente, son muchos los artistas venezolanos adheridos a estos preceptos, siendo Jaime Gili uno de los más sobresalientes, debido a los aportes de su investigación en torno al impacto de la abstracción geométrica en el mundo contemporáneo. Esta tendencia del abstraccionismo, formulada por los suprematistas, futuristas y neoplasticistas en Europa durante la primera mitad del siglo XX, y adoptada posteriormente por el movimiento geométrico venezolano y latinoamericano— quienes resolvieron problemas verdaderamente importantes en la concepción plástica del espacio—, es retomada por Gili en una suerte de continuidad. Sin embargo, él se aparta de la utopía moderna y traspasa sus límites, valiéndose de recursos provenientes del medio publicitario y hasta de la denominada pintura de “brocha gorda” para apropiarse de superficies inusuales y así ironizar las promesas de la modernidad en el trópico.

 

jaime gili

Vista de la instalación. Foto Jorge Pizzani

 

Con el espíritu de libertad del arte de nuestros días, abordamos la exposición Canónico y contemporáneo. Siete pintores. Colección Mercantil. Esta muestra es una indagación en las posibles relaciones de dos polaridades aparentemente divergentes en la historia de la pintura venezolana. Dos realidades temporales coexistiendo en un mismo espacio expositivo,
dos puntos cruciales de la historia manifestados como brújula en el acontecer de un sociedad llamada a comprender la importancia de sus logros y valores. Agrupa obras del Pintor del Tocuyo, José Lorenzo Zurita, Francisco José de Lerma y Villegas, Juan Pedro López y José Lorenzo de Alvarado como representantes de la pintura religiosa del período colonial venezolano, circunscritas en un mural de planos geométricos concebido por Jaime Gili para todas las paredes del Espacio Mercantil. Ambas propuestas convergen en la disciplina artística de la pintura como discurso generador, materializado en el cuadro alegórico de Antonio Herrera Toro, La Pintura, quedando a nuestra disposición una gama de interpretaciones sujetas a los razonamientos propios de nuestra memoria colectiva.

Emilio J Narciso

TEXTO DE LORENA GONZÁLEZ

EL NACIONAL - MARTES 24 DE ENERO DE 2012 / Artes Visuales

Canónico & contemporáneo

Debo confesar que cuando a finales del año pasado recibí la tarjeta de invitación para la inauguración de la exposición más reciente del Espacio Mercantil, que está ubicado en la planta baja del edificio Panaven de la avenida San Juan Bosco de Altamira, me confronté con una extrañeza punzante. ¿Qué líneas de investigación podrían engranar criterios tan lejanos como lo mejor de nuestra pintura colonial, el academicismo de Antonio Herrera Toro y las deliberaciones pictóricas de Jaime Gili? A mi inquietud primera vinieron a sumársele algunos comentarios paralelos que me dediqué a indagar antes de pasar a verla. Artistas, espectadores y especialistas de la imagen parecían encontrarse perdidos ante la experiencia suscitada y no tenían una formulación precisa sobre lo que vivieron al entrar en ese inédito evento pictórico. Aunque varios describían lo que encontraron con precisión, no podía yo visualizar a ciencia cierta cómo estaba distribuido todo aquello en el espacio museográfico.

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Con las interrogantes vivas llegué a la sala de exposiciones. Una vez inmersa me di cuenta de que no era posible entender sino sólo percibir y dejar entrar las inesperadas aristas que estallan a cada paso: grietas, símbolos, diagonales, claroscuros, texturas, colores y vibraciones amalgamadas por un tiempo ignoto que desconcierta las verdades del espectador; engranajes solapados que se levantan a la vuelta de la mirada, minutos desconocidos e hilados por una secreta convivencia en la que el cuerpo se conmociona y se rinde, abatido frente a las respiraciones cromáticas que vibran en un entorno completamente embebido por el gesto único e inabarcable de la representación.

En épocas en las cuales se discute tanto sobre la pertinencia y el valor de la imagen; en momentos en que la banalidad hiperreproductiva va sembrando vacíos insuperables dentro del ejercicio artístico, propuestas curatoriales como la que nos brinda la Colección Mercantil nos devuelven al centro primordial de lo que es en realidad una obra de arte: asombro inexplicable, circunstancia transcendente, esencia discontinua que sobrepasa la historia, el orden, la institucionalidad y el canon.

Desde el riesgo transversal que convocan las proyecciones puestas en juego, varias directrices se entrelazan; por un lado la memoria en refracción, el conjunto temático y los linderos del acervo cultural; en otro vértice se levanta el vuelo iconográfico, el homenaje, los territorios transgredidos, la intervención in situ, la permanencia de lo efímero.

Hacia el final del recorrido un cuadrante ilustrativo siembra algunas luces sobre el proceso, itinerarios de selección donde el pintor contemporáneo distinguió varios puntos cromáticos de las piezas canónicas, para luego buscar en las gamas modernas de un pantone los reflejos de aquellos pigmentos perdidos con los cuales construiría la intervención en el espacio. Intersticios reveladores de un ejercicio profundo que tiene mucho que aportar a la hora de comprender la índole de la pintura como lugar de llegada, como iluminación y vacío, como traslado, necesidad vital, acto de creación.

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Vistas de la instalación. Fotos Esso Álvarez

Curada por Tahía Rivero y Emilio Narciso, la exhibición estará abierta hasta el mes de marzo, y presentará mañana a las 6:00 de la tarde un pequeño foro al que no se puede dejar de asistir. Allí, el equipo de trabajo junto con la filósofa Sandra Pinardi y el propio Gili delinearán pertinentes consideraciones sobre un proyecto expositivo que convierte a la Colección Mercantil en uno de los más importantes y activos lugares de la vanguardia visual de nuestra actualidad.

Fuente: El Nacional. Caracas, Venezuela


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